MONOS DE IMITACIÓN, por José Biedma López

Rafael Zabaleta, 'La máquina de la memoria', ilustración de El Solitario de Camilo J. Cela, 1965.
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Rafael Zabaleta, "La máquina de la memoria", ilustración de El Solitario de Camilo J. Cela, 1965.
sábado 10 de abril de 2021, 11:23h
MONOS DE IMITACIÓN, por José Biedma López
El concepto de mímesis (imitación) fue ganando significados a lo largo de la República de Platón. Al principio sólo designaba el estilo dramático en oposición al narrativo. El español conserva el término “mimo”, tanto para referir a una señal de cariño como a una imitación de la realidad, o al actor que expresa gestualmente emociones con habilidad y arte. En la obra de Platón, el término “mímesis” acaba por adquirir un alcance ético, relativo a la formación del carácter, las costumbres y los modos de ser (Rep. 394-395). Aprendemos a comportarnos sobre todo por imitación y “el mejor maestro es Fray ejemplo”. Por eso, “la voluntad mueve, pero el ejemplo arrastra”. Platón prevé en sus Leyes penas durísimas para las jerarcas y gobernantes que den malos ejemplos. Cuando la corrupción ensucia altas torres, acaba pringando todo y convierte los campos en ciénagas.

A pesar de su oposición a muchas de sus ideas estéticas, Aristóteles siguió a su maestro Platón en su concepción del arte en general y de la literatura en particular como mímesis. Imitación de la naturaleza o de los modelos clásicos. Fuillée tuvo a Mímesis por metáfora pitagórica y Bergson la definió como recepción de una forma en La evolución creadora.

En la sociología (o psicología social) de Gabriel Tarde, la imitación ocupa un lugar central. En las Lois de l’imitation (París, 1921) Tarde define el estado social como estado hipnótico, una modalidad del sueño, “sueño de mando y sueño de acción. Contar sólo con ideas sugeridas y creerlas espontáneas: esta es la ilusión propia del sonámbulo y también de hombre social”. Para Tarde la imitación es el mecanismo tipo no lineal (de retracción) para la propagación del comportamiento individual y su imposición a nivel de toda una sociedad. La cámara oscura de a memoria.

Por supuesto y a pesar de que espíritus imitativos somos todos, o casi todos, existen “algunos espíritus indómitos, bizarros, en su batiscafo en medio del fragor del océano social, rumian de vez en cuando problemas extraños, totalmente carentes de actualidad. Son los inventores del futuro”. La masa del pueblo es incapaz de innovar, atada a la tradición, sólo el individuo excepcional se muestra capaz de adoptar un comportamiento nuevo, una necesidad nueva, una creencia nueva, que muchas veces esconde para evitar la hoguera o la horca.

Los mecanismos de sugestión, imitación y emulación, propagan o frenan la inventiva individual, ya ahogándola o permitiéndole transformar la vida social con arreglo a las interferencias –oposición o adaptación- entre las diversas corrientes imitativas. Imitación e innovación son fuerzas complementarias, pero también antagónicas. Tarde considera la inestabilidad –al contrario que Durkheim- como intrínseca al orden social. La crisis es permanente. El francés se define como “vulcaniano” porque, en lugar de ver como el “neptuniano” Durkheim en la historia social formaciones sedimentarias, ve erupciones ígneas y concede lugar a lo accidental, a lo irracional, “esa faz gesticulante del fondo de las cosas”.

Según Ilya Prigogine (¿Tan sólo una ilusión?, 1997) la física actual apoya la perspectiva de Tarde en su oposición a Durkheim. También Wittgenstein pone de relieve el papel de la imitación en la aplicación de una técnica, en el seguimiento o enseñanza de una regla, en el hablar… O Thomas Kuhn, que enfatiza en su reflexión sobre la historia de los paradigmas científicos el rol de los “ejemplos compartidos” en la educación científica.

Mejor éticamente y más eficaz a la larga que la coacción, la sugestión-imitación es el mecanismo principal de socialización y educación. También las innovaciones que escandalizan al principio al gran rebaño, si resultan aptas y valiosas, acaban contagiándose por imitación; otras, como ciertas modas (la de los pantalones “cagados”, por ejemplo) nacen para morir como extravagancias efímeras y desechables. La imitación progresa de dentro afuera, el afecto precede al conocimiento, las doctrinas se difunden antes que sus ritos, los medios antes que los fines.

La difusión imitativa de una invención dependerá del prestigio de los individuos que la adoptan. En todas las sociedades se producen oleadas retrógradas y futurizas, en las que ora se imitan modelos del pasado considerados perfectos, ora se adoptan con entusiasmo modas nuevas, en esa adoración del futuro que llamamos progresismo. La densidad de población y de medios de comunicación acelera su velocidad de propagación y salva la distancia de contagio.

Reflexionando sobre mi experiencia, veo que la imitación presenta una clara analogía con la infección bacteriana o vírica. Uno no se da cuenta de que está imitando como quien incuba un virus… Tuve un profe de francés particularmente duro y desabrido, aunque su intención de que aprendiéramos la lengua de Molière era indudable, se preparaba sus clases a conciencia y explicaba gramática con indudable maestría, era mucho más fácil temerle que sentir por él, feo y atrabiliario, la menor atracción o simpatía. No obstante, con el tiempo descubrí que acabé caligrafiando las ces con un pequeño arpón, exactamente como las que el profe bilioso escribía en la pizarra. Otras veces he tomado conciencia del tic que me contagió un amigo, un tic que no me gustaba. Incluso mi forma de estornudar ha acabado pareciéndose sospechosamente a la de mi compañera doméstica. “Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión”.

La conclusión es simple: la sugestión imitativa y por contagio, como la del bostezo, es incluso más fuerte que la simpatía e incluso resulta indiferente a la antipatía. Es efecto involuntario y constante de nuestras interacciones personales o virtuales.

En el Siglo de Oro, Luis Carrillo y Sotomayor recogerá la tesis de la Poética (1447ª-1448b) de Aristóteles que reduce a mímesis todas las formas poéticas (creadoras). Pinciano había glosado el principio: “poesía no es otra cosa que arte que enseña a imitar con la lengua o lenguaje…, imitar, remedar y contrahacer es una misma cosa, y que la dicha imitación, remedamiento y contrahechura es derramada en las obras de naturaleza y de arte”. La imitación se extendía sobre todo a los clásicos, buena poesía será entonces la de aquellos que conociéndolos traten con su agudeza elocuciones e imitaciones; los otros, ignorantes de las glorias del pasado, serán meros “versificadores” (Luis Carrillo, Libro de la erudición poética, 1613).

Ya lo había dejado escrito El Brocense en sus Anotaciones y Enmiendas a las obras de Garcilaso: “Digo, y afirmo, que no tengo por buen poeta al que no imita a los excelentes antiguos”. Herrera sin embargo se mostraba contrario a la imitación servil y recelaba de la autoridad de los antiguos porque “hombres fueron como nosotros, cuyos sentidos y juicios padecen de años y flaqueza, y así pudieron errar y erraron”.

Herrera tiene razón, pero nosotros dudamos de que la verdadera originalidad artística pueda conquistarse sin un previo conocimiento y ejercicio de imitación y emulación de los que lo hicieron bien antes y, tantas veces, pues se han consagrado como clásicos, lo cantaron mejor. Sólo Dios crea de la nada, el humano inventa imitando a los gigantes del pasado o emulando a la naturaleza, que tan activa e inventora se muestra incluso en lo más bajo.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

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https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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