HUMOR AUSTERO Y EUTRAPELÍA CRISTIANA, por José Biedma López

Salterio de Ingeborg, hacia 1195. Es posible que sea obra de monjas cistercienses de Fervaques, norte de Francia. El ángel anuncia la Resurrección de Cristo a tres mujeres, mientras tres soldados duermen en forma de trébol.
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Salterio de Ingeborg, hacia 1195. Es posible que sea obra de monjas cistercienses de Fervaques, norte de Francia. El ángel anuncia la Resurrección de Cristo a tres mujeres, mientras tres soldados duermen en forma de trébol.
miércoles 20 de enero de 2021, 10:38h
HUMOR AUSTERO Y EUTRAPELÍA CRISTIANA, por José Biedma López

Se ha dicho con motivo que el mundo medieval en que triunfó el cristianismo no era teocéntrico, sino infernocéntrico. En efecto, no tenía por centro a Dios, sino al Diablo y su reino infernal, que la superstición situaba en el mismísimo interior del planeta Tierra. Al Cielo ascendía el alma en gracia de Dios abandonando este “valle de lágrimas”, expresión esta con que cierra Rojas La Celestina, mostrando que su tragicomedia es todavía más trágica que cómica, más medieval que renacentista. Al infierno descendían los espíritus corrompidos por el mundo, el diablo y la “carne” (gula y lujuria), o sea, por los siete pecados capitales. ¡Ya se sabe que todo lo que nos alegra, o engorda o es pecado!

Danza macabra, grabado de Hans Holbein el joven, 1538.
Danza macabra, grabado de Hans Holbein el joven, 1538.

Aquel mundo que iba a sumar un milenio después de Jesucristo no tenía nada de alegre. Era terrible, repleto de enfermedades, pestes, epidemias, miserias, calamidades naturales, trabajos durísimos, en una geografía de alcázares presididos por señores de la guerra, a veces nobles, muchas veces codiciosos, crueles y corruptos, un mundo infectado por el pecado, corrompido hasta su raíz, esencialmente malo. Normal, que las gentes estuviesen además angustiadas pensando que se acercaba el fin de los tiempos, el Apocalípsis descrito con tempestades surrealistas y monstruosas figuras por San Juan: la escatología milenarista.

Fue el cristianismo entonces un pesimismo radical y hasta un nihilismo trágico. Jesús predica la renuncia a los bienes efímeros de este mundo, san Pablo condena la “carne” y exalta el celibato. Los Padres del desierto son ejemplo de huida y renuncia, de “sacrificio”, palabra que significa precisamente hacerse sacro, santo o sagrado. Mortificar el cuerpo no es otra cosa que prepararlo para la muerte. Son los penitentes de sangre, que junto a los de luz, se azotaban mientras paseaban en procesión de Viernes Santo al Señor de las Aguas de nuestra centenaria cofradía. Se trata de templar los sentidos en lugar de excitarlos o vivificarlos, refrenando incluso el ejercicio de la razón. Recuérdese el desdén de Pablo de Tarso ante el saber griego, o sea, respecto de la Filosofía, nombre antiguo de la ciencia. Esta no será, durante siglos, sino esclava de la teología (Philosophia, ancilla theologiae), un mero instrumento de la fe, que es la gracia que salva, no el conocimiento.

Esta actitud negadora, nihilista respecto a la naturaleza y el conocimiento, la vida y el mundo, será la dominante hasta el Renacimiento. Así concebida, la piedad cristiana resulta bastante lamentable y no extraña que fuese despiadadamente contestada y hasta ridiculizada por el vitalismo inmoralista y el esteticismo de Nietzsche. En esto tenía razón: Si escupimos a la Tierra nos escupimos a nosotros mismos (homo = humus). Sin embargo, si escupimos al Cielo (que nada tiene ya de firme o firmamento), si renunciamos a la gloria y trascendencia prometida, nos caerá encima el lapo y perderemos toda esperanza. Nietzsche insiste en que no hay más mundo que este del que procedemos y en el que existimos, en eterno retorno de lo mismo. ¡En eterna y aburrida redundancia, que casi hace preferible al infierno! Como buen poeta, el alemán exageraba y, como dijo Machado, lanzaba e intentaba apedrear a los cristianos con sus mismas vísceras cristianas.

Evidentemente, el cristianismo tiene también un lado optimista. Ofreció un tesoro de esperanza a los desventurados del mundo durante la Paz Romana y el reinado de los Antoninos, no de otro modo puede explicarse su rápido éxito ecuménico. El lado optimista del cristianismo se funda en su fe en la redención de Cristo (regeneración), que libera nuestra naturaleza del mal, y en la promesa esperanzadora de la resurrección mediante la práctica de la caridad (ágape, amor fraterno o solidaridad). Esta es la beatitud, o sea, la felicidad del cristiano.

Étienne Gilson, extraordinario estudioso del pensamiento cristiano medieval, apoya la idea de un optimismo sobrio, austero, cristiano. En relación a aquella naturaleza ubérrima, temible, exuberante, todavía escasamente ajardinada, humanizada y contaminada, en la que los bosques con sus brujas, fieras, hadas, elfos y endriagos, aún cubrían la mayor parte de nuestra península, Huizinga, el famoso historiador de la Edad Media, describe así esta ambivalencia cristiana de tristeza y alegría: “Tan abigarrado y chillón era el colorido de la vida, que era compatible el olor de la sangre con el de las rosas. El pueblo oscila, como un gigante con cabeza de niño, entre angustias infernales y el más infantil regocijo, entre la dureza más cruel y una emoción sollozante…, entre el odio sombrío y la más risueña bondad”.

El repudio de las cosas terrenales, la condena de toda vanidad y ostentación es el tema de las danzas de la muerte y el motivo principal de las coplas de nuestro Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte/ contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando, / cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado / fue mejor. /… Así que cuando morimos / descansamos”.

La ruina final iguala a ricos y pobres. Infierno y Cielo ponen a cada cual en su sitio. Las emociones del drama cristiano, de una piedad trágica orientada hacia un Dios misericordioso, pero que está dispuesto a sacrificar a su propio Hijo por causa de nuestros pecados, es el reverso de la jovialidad pagana; el “sentimiento trágico de la vida” de nuestro cristianísimo don Miguel de Unamuno poco tiene que ver con la sensualidad afrodisíaca y las celebraciones apolíneas y dionisíacas de los antiguos, aunque ahí siguen, en el conglomerado heredado, como la procesión de borrachos de Cuenca o el exquisito barroquismo sevillano de tronos, altares y vírgenes compungidas.

Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII refiere a la eutrapelía (del griego εὐτραπελία, broma amable, jocosidad urbana) como virtud que tiene por objeto “regular, según el recto orden de la razón, juegos y diversiones” y la sitúa entre la alegría necia y la austeridad excesiva de los que ni quieren recrearse ni dejan recrearse a los demás (duri et agrestes). Pero la alegría, que es moneda contante y sonante de la felicidad según san Juan de la Cruz, será la de la contemplación de la Verdad, verdad que escribo con mayúscula porque es sinónimo agustinista de Dios, que habita en el interior del hombre e inclina a la contemplación eterna de Su bondad.

Esta doctrina de la Iluminación de San Agustín recuerda vagamente la del bios theoretikós, liberal ocio o vida teorética de Aristóteles, pero con una gran diferencia: la contemplación cristiana es intimidad de fuera adentro, no de dentro a fuera. El Dios de Aristóteles es más frío que un carámbano, en realidad es un principio físico (energeia) al que sería absurdo rezar. Ese Ser en Acto, cuya esencia consiste en existir, no es más que el centro geométrico de la peonza cósmica, causa de las causas, inteligencia de la inteligencia, eje eterno y firme axial sobre el que giran los mundos y que atrae todo hacia sí como fin de fines. El de San Agustín es un Dios personal, íntimo, misteriosamente trino: Por la memoria imita el alma al Padre, por la inteligencia al Hijo y por la voluntad al Espíritu Santo. Por eso, para buscar la Verdad no hay que derramarse fuera, porque Dios mismo habita en el hombre interior (in interiore homine).

De este modo, para el cristianismo, la alegría o el bienestar es un estar a bien con lo mejor de uno mismo, es decir con el dios interior, o sea la imagen del Creador depositada como logotipo o divisa en su criatura, lo que se traduce en un estar a bien con Dios mismo. Es el estado de gracia. Así lo ha explicado Romano Guardini (1885-1968): “No es el chiste… tampoco el reír feroz ante la estupidez o la terribilidad de la existencia, en cuyo fondo yace desprecio y desesperación; ni tampoco la ironía, que es un idealismo que se ingenia; no, sino el verdadero humor, con su libertad y amor, su dolor y su alegría oculta” (en Filosofía y humor. El guiño de la Lechuza, de J. L. Suárez Rodríguez, Apis 1988).

Se trata de un humor en parte oculto (como la fe de Nicodemo), discreto, austero. El Papa Francisco criticó con razón en una homilía (L’Osservatore Romano, nº 25, 2018) las risas forzadas [y enlatadas] de una “cultura no alegre que inventa de todo para entretenerse”, vendiendo cachitos de “dolce vita”. Francisco, al que define el filósofo Peter Sloterdijk como papa “antiesclerótico por excelencia”, en contraste con el anterior, define la alegría como “la respiración del cristiano” porque “un cristiano que no es alegre en el corazón no es un buen cristiano”. Sin embargo, es contradictorio amonestar por la tristeza y exigir alegría si se cree al mismo tiempo que esta “gracia” no depende de nosotros ni de nuestros actos (saludables o no, dignos o indignos), sino que es un don concedido gratuitamente por el Espíritu Santo, a menos que se añada que uno puede hacerse encontradizo con esa gracia si uno recuerda la regeneración que supuso el mensaje de Jesús, espera en su promesa de vida eterna y practica el ágape, el amor fraterno.

Estamos de acuerdo con el Papa Francisco en que el primer escalón de la alegría es la paz. Y es imposible estar en paz con los demás si uno no está en paz consigo mismo, el equilibrio mental que nos amansa depende mucho del conocerse y del reconocer las propias limitaciones, reconocer nuestra menesterosidad, nuestra insuficiencia. En este sentido es posible maridar hasta cierto punto el mensaje socrático y el cristiano: Empieza por mirar dentro de ti y poner tu corazón en armonía. “La alegría cristiana viene de la certeza de que Dios vive en nuestro corazón” (Francisco). También el Demon socrático jugaba de dentro a fuera, pero era un incentivo para la ironía y no un íntimo ángel de la guarda…, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día, no me abandones que me perdería, etc.

¡Que nada nos turbe! Ni el apego al mundo, ni el nihilismo de nada se puede hacer por mejorarlo, ¡ni la misantropía! Amén.

Del autor:

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