'La poción de amor' de Evelyn de Morgan.
"La poción de amor" de Evelyn de Morgan.

DELIRIO DE YEGUA Y ELIXIR DE ISOLDA, por José Biedma López

A Pi y a Anita Fin que piensan como Machado que nadie elige sus amores.

martes 17 de noviembre de 2020, 10:02h
DELIRIO DE YEGUA Y ELIXIR DE ISOLDA, por José Biedma López
Es inverosímil lo que contó Eliano sobre las yeguas. Dice que estos bellos ungúlados perisodáctilos arrancan a mordiscos un pedacito de carne con que los potrillos nacen como adherencia en la frente, en el lomo, o en los genitales, según distintas opiniones. Le llaman “delirio de yegua”. Si la excrecencia permaneciera en el cuerpo del potrillo, tanto caballos como yeguas se sentirían loexcitados por un ansia loca de apareamiento con la criatura hasta matarla.
Lytta vesicatoria, spanish fly o mosca española, cópula sobre caléndula.
Lytta vesicatoria, spanish fly o mosca española, cópula sobre caléndula.

Los criadores de caballos –al menos los antiguos- conocían bien esta particularidad y antes de que la madre devorase la sustancia afrodisíaca, se llevaban el pedazo y lo enlazaban al casco de una hembra donde estaría a salvo. Sacrificaban entonces el potro al Sol naciente, ya que su madre se negaría a darle de mamar al haberse visto privada de aquella prenda amorosa.

Quien la prueba queda invadido y agotado por un anhelo sin límites: suspira, gime, grita y se arroja con un impulso fiero tras los jóvenes, incluso si estos son desagradables (lo cual es frecuente; y si no, que se lo pregunten al autor de El retrato de Dorian Gray) y el que cata ese delirio hasta desea tener sexo con mujeres ancianas. Esa persona acaba perdiendo la razón, se desmedra, se desmadra, se aprieta y enflaquece, mientras su alma sufre deliquio, que es un defecto de la voluntad respecto de la atención, pues el que sufre deliquio concentra su atención obsesivamente en algo de lo que no puede despegarla intencionalmente, ni despegarse del objeto de su deseo, a causa de la formidable fuerza y variedad que adquieren para él los estímulos sexuales de aquel y por las indomeñables ansias eróticas del sujeto. Y es que las pasiones más contumaces no son del cuerpo, sino que del alma provienen y a ella y al cuerpo estrujan, aunque procedan de humores físicos como intuyó Descartes. Esos “humores” tienen hoy su fórmula química y hasta se venden en farmacias y parafarmacias.

Cuentan que la famosa yegua de bronce de Olimpia volvía locos a los rocines. Por brutos que estos sean, no se entiende que buscaran a toda costa cubrir el frío metal y que hubiera que apartarlos del bronce a la fuerza. La mejor explicación es que esa representación monumental de potra portaba escondido en su interior el “delirio de yegua”, o sea, la mágica carnosidad arriba nombrada.

Ya Plinio el Viejo en su Historia Natural hablaba de mujeres que dominaban artes mágicas para enamorar y hasta para recuperar fuerzas amatorias. En la Edad Media los amantes despechados recurrían a veces a la poción o elixir de amor que compraban en el herbolario de una hechicera, el taller de un alquimista o la alacena de un brujo. En su composición entraba el pescado llamado rémora, los huesos de rana, los recortes de uña, el polvo de cantárida (Lytta vesicatoria, escarabajo meloideo que los sex shops de todo el mundo llamarán siglos después spanish fly, “mosca española”), así como el famoso hipómanes.

Este hipómanes es la secreción vaginal que desprende la yegua cuando entra en celo y a la que los griegos y romanos atribuyeron propiedades venéreas estimulantes también en bípedos implumes. No nos extrañaría que se hubiera confundido el hipómanes con el “delirio de yegua” al que refería Eliano. Aunque naturalmente, al prepararar bebedizos afrodisíacos también se necesitaba el concurso de fórmulas mágicas y el auxilio de divinidades infernales, para que el filtro de amor surtiera efecto. Puede que muchos de estos jarabes tuvieran, como ostras, fresas, chocolate o champán, las cualidades del placebo.

Gaetano Donizzetti escribió una famosa ópera bufa con el título de L’elisir d’amore (1832) a la que pertenece la famosa aria Una furtiva lagrima. En esta ópera cómica se alude al Elixir de Isolda. El segador Nemorino para lograr el amor de Adina compra al doctor Dulcamara el elixir de “la regina Isotta”… Poco después, entre 1857 y 1859 compondrá Wagner su ópera Tristan und Isolde, en la que la doncella Brangania prepara una poción venenosa que consumirán tanto Tristán como Isolda. En la leyenda original es la madre de Isolda la artífice del bebedizo. El maestro alemán recogió en su obra la leyenda bretona de los amores del joven caballero Tristán El triste y la princesa irlandesa Isolda La blonda (La rubia) que más tarde se incorporará al ciclo del Rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda.

Este idilio extraordinario y trágico escapa a cualquier norma moral y centra su atención en la pasión involuntaria que sienten sus protagonistas. “Querer es querer sin querer”, que escribe Anita Fin. Aunque su leyenda se remonta a las escaramuzas de los vikingos en Irlanda durante el siglo X, se escribió por primera vez en francés y fue traducida al alemán por Godofredo de Estrasburgo. Su pleno desarrollo artístico llegó con los trovadores anglonormandos durante el siglo XII y fue desarrollado a mansalva luego por el romanticismo decimonónico. Algunos eruditos han sugerido que la composición de la obra fechada en 1160 es creación de la fascinante Leonor de Aquitania, reina consorte de Francia e Inglaterra, interpretada por Katharine Hepburn en El león en invierno (1968) de A. Harvey. En la corte dominada por Leonor en Poitiers tuvo gran auge la lírica caballeresca y trovadoresca de la que la reina fue mecenas y seguramente autora. En España, el mito de Tristán e Isolda se popularizó en la corte de los Reyes Católicos.

Irene Romo Poderós ha descrito el filtro amoroso de Isolda como conjuro de alcahuetería describiendo que los amantes no son culpables ni responsables de su enamoramiento indecoroso, ya que se encuentran bajo los efectos irreversibles de la pócima, que tiene aspecto bermejo, vinoso, pues ata los corazones de quienes lo comparten como filtro dionisíaco. A la tragedia de su amor prohibido, adúltero y fatal, se opone la idea del triunfo del amor incluso más allá de la muerte simbolizado en la viña y el rosal que brotan de la tumba de los amantes destinados a entrelazarse, según expresa admirablemente el romance castellano recogido por Menéndez Pidal:

Él murió a la medianoche,

ella a los gallos cantar; (…)

De ella nació un rosal blanco,

de él un pino albar;

crece el uno, crece el otro,

los dos se van a juntar (…)

La reina llena de envidia

ambos los mandó cortar (…)

De ella naciera una garza,

de él un fuerte gavilán,

juntos vuelan por el cielo,

juntos vuelan a la par.”

Del autor:

http://biedmasolilunio.blogspot.com/?m=1

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