SESOS Y CORAZÓN DE ASNO (Fábula), por José Biedma López

SESOS Y CORAZÓN DE ASNO (Fábula), por José Biedma López
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SESOS Y CORAZÓN DE ASNO (Fábula), por José Biedma López
El León, rey de los animales, cogió la sarna, enflaqueció y no podía cazar. Acudió al Curandero, que le recomendó una extravagante medicina: sesos y corazón de asno. Era muy crédulo el León y andaba añoso, flaco, sarnoso y desesperado, así que recurrió a su privado y consejero, el astuto y ágil Raposo, que antaño había comido de las sobras de sus presas; eso, cuando el León depredaba todavía con vigor fiero.

‒ No creas cuanto te dicen, ¡oh soberano! La mayoría de los animales de tu corte dicen querer tu bien y el de tu reino cuando no hacen más que buscar su particular provecho. Los hay que desearían sacudir el yugo de tu sujeción desprestigiando tu autoridad de modo que dejes de ser obedecido y, no impartiendo justicia, crezcan los delitos y tu reino se pierda.

Aconsejaba bien el Zorro al Rey; ¡por eso era su favorito! Y por eso el resto de los animales superiores envidiaban al Raposo y para apartarle de la oreja del León insistieron en la prescripción del curandero: “Lo primero es la salud, mi Señor, y como el Zorro es tan diligente como artero, convendrá que te busque esos sesos y ese corazón de asno que curará todos tus males. ¡Haz caso del Curandero!” -eso decían con segunda intención los mandamases.

El Raposo se percató de que los nobles celosos querían apartarle del León, pero tuvo que obedecer y pronto halló al Asno, que pacía tranquilo en un prado.

‒ ¿Por qué estás tan magro y qué son esas mataduras de tus costillas? –le preguntó el Zorro al Borrico.

‒ Mi amo se sirve de mí, me carga con pesos tremendos y me escatima la cebada –respondió el Asno.

‒ Yo te enseñaré un lugar grato donde triscan, se lucen y huelgan las más hermosas asnas, locas porque no encuentran un macho que las cubra, un macho como tú. Ese lugar se llama Corte.

‒ ¡Paso de Corte! Llevo aquí mi dura vida lo mejor que puedo y ni sé lo que es la Corte ni lo quiero saber…

‒ ¡Malo es no saber, pero no querer saber es lo peor!… En la Corte se alcanza fama y allí se enriquecen los animales principales dirigiendo grandes empresas.

‒ No sabría qué hacer donde me dices ni conozco esos oficios.

‒ ¡Todo es empezar! Las buenas conversaciones te harán perito y noble. Yo te ayudaré con la retórica –insistió el astuto Zorro.

‒ No tengo parientes ni amigos nobles… -alegó el Asno.

‒ ¡Qué ignorante! En las cortes con el favor que obtengas no te conocerás y con el disfavor ni te conocerán. Tú serás el primero de los de tu sangre que alcanzará honra y renombre. Además, ¡Tampoco te faltará allí condumio!

‒ ¿Qué es “condumio”?

‒ Manjares, pitanza… ¡cebada!

‒ ¡Pues te sigo! –dijo el Asno, excitado por la imaginación de las hermosas asnas y envenenado de codicia.

Caminaron toda la mañana y al mediodía el asno quiso descansar en la ribera de un arrollo.

‒ Si quieres riquezas, no hay lugar para la pereza –le dijo el Raposo- si te distraes, penarás deseando.

Cuando llegaron a la Corte vio el Asno la espantable presencia del León y la grandeza de los animales de su corte, y quiso ser como ellos. El León le recibió amable, pero a los pocos días, hambriento, estando ausente el zorro, quiso echarle la garra y el diente al confiado Asno, pero no pudo por la flaqueza que tenía y el Burro puso pezuñas y herraduras en polvorosa. El Zorro preguntó luego a su Señor cómo le había dejado escapar. El rey no quiso contestar, pues no quería pasar ni por necio ni por débil. Insistió en que fuera a buscar al Asno por segunda vez y el Zorro, temeroso de perder sus privilegios, consintió en buscarlo.

Cuando el Raposo llegó al prado, el Asno le echó una bronca, molesto por su traición, pero el astuto animal le convenció de que no había sido el León quien cayó sobre él, sino una de aquellas asnas enloquecidas por el celo y por su amor, la cual, si se hubiera estado quieto, se le hubiera metido dócil bajo el pecho. La imagen de la burra debajo conmovió a la bestia, aunque no le convenció del todo… Dudaba…

‒ Sospeché que el León quería matarme…

‒ Me sorprende que cuando estabas ya subiendo en fama y honor huyeras como hiciste. Vivir entre nobles y escoger vida de rústicos no demuestra mucho ingenio…

‒ Tal vez quieres enmendarme, sin embargo esta vida es tan corta, que antes nos morimos que nos corregimos. Regresaría tal vez con la esperanza de aprender algún oficio que me permita cargar a otros como otros me cargan a mí…

‒ Si buscas oficio ajeno a tu naturaleza, te perderás tú y no aprenderás el oficio –respondió el zorro dándose cuenta de que eso no estimulaba al Burro para volver a la Corte-. ¡Pero todo milagro es posible en la Corte! –añadió corrigiéndose.

‒ ¿De veras? Entonces…, ¿no quiso matarme el León?

‒ ¡Calla! ¡Es una injuria lo que dices! Es tu ausencia lo que te condena. Tu presencia eliminará toda sospecha. El León es el más noble de los animales. Tu temor es vano.

‒ No quiero estar en un lugar donde tenga que disimular mi condición, donde peno deseando que me den y sufro recelando que me quiten.

‒ ¿Dónde estarás que no te duelas por eso? –preguntó el Zorro. Y era pregunta retórica.

‒ No del todo a disgusto vivo aquí, donde me deja mi amo pastar todas las tardes después del trabajo, donde no peco…

El manso animal se resistía, pero tanto insistió el Raposo y con tan golosos argumentos y dulces promesas, que al fin le siguió a la Corte del León.

Entonces el Rey de los animales, temiendo amagar sin dar y por no hacer el ridículo ante su privado, sacando fuerzas del hambre saltó sobre el Asno y lo mató. Tan cansado quedó con el ataque, porque nuestro Pollino se resistió cuanto pudo, que no quiso devorar su corazón y sus sesos al instante…

‒ Antes de tomar las medicinas, me bañaré –dijo a su privado-. Después comeré tranquilamente sesos y corazón de Asno y ofreceré el resto a los dioses, según me recomendó el Curandero.

El Zorro, ni corto ni perezoso, sino artero y oportunista, se comió los sesos y el corazón del asno. Confiaba también en que el León dejaría intactas las otras partes, pues era crédulo y supersticioso.

Reposado y aseado el León, pidió que le sirvieran el corazón y los sesos del Asno.

‒ ¡No tenía! ¡No tenía ni sesos ni corazón! –aseguró el Zorro-.

‒ ¿Cómo? –rugió el León.

‒ No te maravilles ni te sorprendas, mi Señor, ¿crees tú que si hubiera tenido corazón y sesera habría vuelto la segunda vez habiéndole hecho lo que le hiciste la primera?

Nota del autor:

He recreado este apólogo a partir de su versión breve en la anónima colección de cuentos Calila y Dimna, cuya primera versión castellana data de la mitad del siglo XIII. Esta colección de cuentos fue traducida del sanscrito indio al persa por el médico filósofo Berzebuey en el siglo VI. Luego, del persa al árabe, por Abdalla ben Almocafa en el VII y, por fin, al castellano en la corte de Alfonso X el Sabio.

El privado del León de la fábula en la versión del Calila no es un zorro, sino un lobo cerval. Y la medicina no es corazón y sesos, sino el corazón y las orejas del Asno. Otra versión también breve, que no he tenido en cuenta, puede encontrarse en el Exemplario contra los engaños del mundo, Zaragoza 1531.

Para mi versión he seguido en parte la “fablilla” escrita por Fernando del Pulgar en la carta que dirigió a su hija monja, Letra XXIII, en la cual el Raposo acude no dos, sino tres veces al prado del Asno y Del Pulgar soslaya la tentación de las hermosas asnas que, para aparearse, esperarían al protagonista orejudo en la Corte fabulosa.

Blog del autor:

https://apiedeclasico.blogspot.com/?m=1

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