VISIONES DE HIELO Y FUEGO (Remedios Varo), por José Biedma López

'La mujer libélula', 1961.
Remedios Varo
"La mujer libélula", 1961. Remedios Varo
martes 27 de octubre de 2020, 10:00h
VISIONES DE HIELO Y FUEGO (Remedios Varo), por José Biedma López

La extraordinaria artista surreal Remedios Varo nació en Anglès (Gerona) en 1908. Su padre, Rodrigo, era un ingeniero andaluz, librepensador y estudioso del esperanto. En su criatura puso, según Manuel Andújar “el hálito del duende”. Su madre de origen vasco “le inbuyó en el antro de las ingles perspicacia supersticiosa”. Fue una de las primeras mujeres que estudió en la Academia de San Fernando madrileña. En la Residencia de Estudiantes conoció a Lorca y a Dalí. En 1932 trabaja en Barcelona como diseñadora publicitaria y se integra en el grupo surrealista lógicofobista. Vive en París con el poeta Benjamin Péret (1937), “su gran amor”, y como él pasa por la cárcel con la llegada de los nazis y se exilia en Méjico, de donde no regresará, aunque nunca abandonó su nacionalidad española.

'Exploración de las fuentes del  Orinoco', 1959. Remedios Varo
"Exploración de las fuentes del Orinoco", 1959. Remedios Varo

En aquellos tiempos los artistas mejicanos como Diego Rivera o Frida Kahlo miraban con recelo a los artistas europeos refugiados: “la invasión europea”. Sin embargo, a Remedios, que le costaba vivir de sus trabajos plásticos hasta el punto que aceptó por encargo la falsificación de cuadros de Giorgio de Chirico, le fascinó la mística indígena y en los años cuarenta pintó motivos telúricos mejicanos. Diego Rivera acabaría reconociendo la calidad de su arte. En 1947 se separó de Péret. Se esposará en tercer y feliz matrimonio con un exiliado austriaco, Walter Gruen, un político melómano y eficaz comerciante gracias al cual alcanzó estabilidad económica.

Escribió cuentos y cartas rodeada de gatos. Trabajó como decoradora para una de las casas más elegantes de Méjico y en publicidad para Báyer (Insomnio I, 1947 y Tifoidea Paratifoidea, 1948). Vivió dos años en Venezuela y estudió y dibujó insectos en los LLanos del Orinoco (su gran aventura) para el Ministerio de Salud. Lectora empedernida de Julio Verne, confeccionaba su propia ropa y calzado y diseñó trajes para los surrealismos. Hizo amistad profunda con la pintora británica Leonora Carrington, a la que había conocido en Europa, y con la que compartía el interés por el psicoanálisis, la alquimia, el ocultismo y las posibilidades de lo que Bretón llamaba “el eterno femenino”.

Triunfó a partir de su primera exposición individual en 1956. Se multiplicaron entonces las compras de sus cuadros, subió su cotización, le encargaban retratos, el público mejicano se había cansado del muralismo, y ella ni siquiera podía ya atender a la demanda. No obstante, en 1959 aceptó el encargo de un gran mural para un Centro Médico. Aunque se conservan algunos de sus estudios y bocetos, acabó abandonando el proyecto. Su única escultura, Homo Rodans (1959) está realizada con huesos de pollo, pato y raspas de pescado. La acompañó de un librito humorístico, pseudocientífico, única obra literaria que publicó en vida. Cuando falleció en 1963 era artista consagrada y famosa. A su funeral asistieron un montón de artistas de ambas orillas del Atlántico entre ellos su íntima Leonora Carrington y el escritor Max Aub. Bretón le dedicó un artículo en La Bràche: “una hechicera que se fue demasiado pronto”. Su obra es considerada Monumento artístico mejicano desde 2001.

A la genial surrealista, Manuel Andújar le dedicó un surreal y originalísimo comentario de admiración: “Remedios Varo: la gran pintura onírica de hielo y fuego”, recogido en Signos de admiración (Diputación de Jaén, 1986). Admirar es el verdadero antídoto contra la enfermedad de la envidia, hispana pandemia endémica. Andújar, jiennense generoso, no escatimó “signos de admiración” respecto de las obras que consideró valiosas. Imagina el también exiliado de La Carolina una visita nocturna al museo de Remedios la maga en castillo de laberíntica traza, situado en “plomiza colina” y al que sólo pueden acudir “espíritus propicios”. El elegido ha de musitar cifras secretas de un conjuro “que no debe revelarse jamás, so castigo de exclusión en la definitiva lotería del Juicio Final”. Hay que evitar el engaño de la torva sonrisa seductora de una virgen escuálida apostada en ventana angosta, más allá de la cual se ven mozas de aquelarre en lienzos de muralla, cuyos torreones socarra una implacable luna, para la que Remedios sabrá obtener papilla.

Resuena el lento andar del visitante en la madera que las carcomas ondulan, celdas y criptas dan al interminable pasillo donde móviles espejos archivan zumos de culpas y secreciones de éxtasis. Varones de cabeza huronesa habitan allí y cabalgatas de hembras embrujadas rondan el fuego fatuo de sus patios de armas, vestidas de niebla. Sus personajes montan a veces en extraños velocípedos. Lo zoomórfico se camufla en injertos vegetales, o viceversa.

Remedios dibuja lo onírico, lo subconsciente, lo inconscio (que diría Giner), con minuciosidad de orfebre y en ello cristalizan ciencia, magia y misterio, añoranza y profecía. Pelambres de estopa, telares mohosos, telarañas equiparables a cabelleras, verdes del Greco, rojos crepusculares, azules meteóricos, ocres añejos, desteñidos, rojos de ámbito uterino. Remedios ya había dibujado cadáveres exquisitos, pero después pinta vampiros veganos en planetas nuevos donde tipos extraterrestres, andróginos, se alumbran con extrañas flores-luciérnaga, bajo un cielo de rosas coralinas.

Manuel Andújar ve en los iconos de Remedios, ya consagrados como clásicos del siglo XX, la melancólica fluencia de Jorge Manrique, las simbologías de Calderón, las crueles cuchillas de Buñuel, los toros picassianos... Se lamentaba el escritor de Sentires y querencias de que la obra pictórica de Remedios Varo, que hace soñar a cualquiera y hasta enjaula a uno en la fantástica malla de pesadillas ajenas…, se quejaba Manuel Andújar de que Remedios Varo fuera incomprensiblemente desconocida en su patria, cuando todos los surrealistas de pro, fidedignos y oficiantes, le rinden y ofrecen pleitesía.

Como pasa con todo lo grande, aunque sea quimérico, ni es mejicano, ni vasco ni andaluz, ni español sólo, sino universal y de todos. Antes de que críticos y espectadores se repusieran del pasmo, Remedios pintó cien cuadros de estilo inconfundible, en los que sobraba la firma. Sin salir de casa uno puede asomarse a esos mundos de increíble equilibrio cromático y exquisito dibujo, inventados por la fertilidad de un ingenio inequívocamente femenino, que rebosa en emociones demasiado humanas y es capaz de expresarlas con simpar, melancólica y misteriosa belleza.

Del autor:

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