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17 de octubre de 2019, 9:50:01
CULTURA


EL AVE ROC EN CRONOPIA por José Biedma López


A Italo Calvino se le olvidó mencionar Cronopia en su elenco de ciudades fantásticas, remota población con un reloj en la torre de su plaza mayor, único reloj del país. Quizá la omitió porque no es ciudad invisible, ni bulle, se ensucia y se alborota en la Inopia como muchas otras. Antes al revés, los cronopianos cuentan con lo necesario y lo aprecian, aunque no posean más reloj que el de su plaza, están muy atentos a lo que pasa en sus vidas, antes en las suyas que en las de otros, pues no son metijones ni murmuradores, y llenan su tiempo de actividades útiles y deleitosas, aunque no miren el reloj a cada rato ni lo midan con precisión mecánica


Los cronopianos y cronopianas tampoco son dibujos marginales como los cronopios cortacianos, sus casi tocayos. Cronopia se hizo famosa porque sus ciudadanos dominaron de tal manera el tiempo, como cosa propia, que el reloj de la torre de la plaza mayor dejó de funcionar y nadie se dio cuenta. O por lo menos nadie dijo: ¡Oh, el reloj de la plaza se ha estropeado! Nadie escribió ningún informe. Ninguna autoridad dio la menor orden al respecto. Ningún relojero movió un dedo por poner sus engranajes en funcionamiento porque en Cronopia -cuentan los viejos- hubo un relojero hacía mucho mucho tiempo, aunque ya murió sin descendencia. No es que el tiempo no existiera para sus ciudadanos, sino que lo habían interiorizado como esencia de la actividad de sus vidas cotidianas, en contacto inmediato con su entorno.

Por ejemplo, en Cronopia se levantaban con el canto de los pájaros o el quiquiriquí del gallo, salvo en primavera, entonces cantaba nocturnos en sus jardines el ruiseñor y despertaba levemente a los cronopianos, pero como conocían su trino no se enervaban, tal vez aprovechaban la ligera vigilia para enriquecer sus sueños con más ritmo y melodía, o para tragar un sorbo, o para aliviar aguas, pero enseguida volvían a sus lechos y antes de entregarse a los brazos de Morfeo, si podían o querían, se jollamaban.

En Cronopia se acostaban poco después de caer la noche. A nadie se le ocurría salir de farra o de paseo en la madrugada, salvo a los poetas y enamorados, y estos sólo lo hacían los días de luna llena, pero no por ello los cronopianos llamaban "lunáticos" a sus bardos, vates y trovadores, mejor les motejaban “selenitas inspirados”. Los amantes podían cantar al pie de los balcones de sus amados o amadas en las argénteas noches de plenilunio, pero sólo a capella para no incomodar el descanso de sus paisanos.

Pocos días después de que el reloj de la torre medieval de Cronopia detuviese para siempre el movimiento de sus manecillas, la noche garrafal con alas muy negras y pico dorado descendió sobre Cronopia agitando un huracán. Se llamaba el Ave Roc que, según cuenta el célebre comerciante y aventurero veneciano Marco Polo, es capaz de cargar en sus garras a un elefante o a una caravana completa de mercaderes con sus camellos y todo, para llevarlos y darlos de comer a sus pollos.

Contó Sherezade, al tirano que la amenazaba de muerte, que Simbad, el mercader bagdadí, salvó su vida de la soledad involuntaria (la voluntaria puede ser feliz y fértil), náufrago en una isla olvidada, atándose con el turbante a las garras enormes del Ave Roc. El enorme pajarraco procedente de Madagascar, como esas bellas euforbias llamadas coronas de Cristo, no se percató, tan leve le pareció al monstruo el peso del iraquí, y voló con Simbad a otra isla, planeando como en nuestros días se hace con las alas delta, por suerte se desató de la enorme criatura en otra isla habitada y rica en diamantes. De este modo sacó el de Bagdad premio a su valentía y gracia de su desgracia.

Al ver que el Ave Roc hacía nido en su inveterada torre, los cronopianos temieron por sus vidas, por sus hijos, por su ganado y por sus mascotas, pero poco a poco se fueron acostumbrando al torbellino desatado por sus diarios vuelos, incluso les resultó agradable que las enormes alas del pájarraco refrescaran con sus sombra y viento las calles y plazuelas de su remota ciudad durante el tórrido verano.

Como no ponía el enorme huevo que pudo ver Simbad en su isla de náufrago, los cronopianos se preguntaban si sería macho su Ave Roc, o hembra estéril. ¿A dónde se dirigía cuando desplegaba sus oscuras alas? ¿De dónde volvía? ¿Cómo se alimentaba? Esos eran tres misterios. A los cronopianos, estas cuestiones no les atormentaban, no se obsesionaban con ellas porque tenían bastante en qué ocuparse con sus huertas, sus campos de cereal, sus corrales y cuadras, el cuidado de sus hijos, la limpieza de sus casas, con que acababan el día tan cansados que no les quedaban fuerzas para especular. Como el Ave Fénix, el Ave Roc parecía alimentarse de aire y rocío, si comía otra cosa lo hacía muy lejos del país de Cronopia.

Ahora menos que antes, a nadie se le ocurrió subir a la torre para reparar el reloj con el Ave Roc habitando en su chapitel, ni restaurar sus fachadas, así que sus primitivos sillares se fueron cubriendo de guano del Roc (el que se desprendía cayendo al suelo era usado como abono en los jardines públicos). Las cuatro lados de la torre se fueron cubriendo también de musgo verde y de higueras locas, hasta que llegó a parecer un cubo alto cada vez más irregular y, más que la torre de una antigua fortaleza, se asemejó con los años a una imperecedera eminencia y a una altiva roca vestida de verde esperanza. Sólo el cristal del reloj, que era de zafiro, a prueba de ralladuras e irrompible, quedó libre de vegetación, como un enorme ojo que aseguraba o vigilaba a la población desde su altura.

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